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Las bebidas energéticas: el nuevo método para aumentar el consumo de alcohol.

Las bebidas energéticas son un producto que se ha consolidado en el mercado a base de publicidad. Prometen mejorar la concentración para estudiar, la resistencia para hacer deporte, ayuda para luchar contra el sueño o simplemente se venden como una buena opción como refresco. Pero existe cierto nivel de desinformación sobre los riesgos que provoca su consumo, sobre todo en adolescentes. La gran mayoría de países (entre ellos España) permiten su venta sin restricciones a menores de 18 años. Según la Encuesta sobre alcohol y drogas en enseñanzas secundarias en España (2021), la mitad de los estudiantes de 14 a 18 años toman este estilo de bebidas al menos una vez al mes.


El efecto estimulante que otorgan las bebidas energéticas suele provenir de la gran cantidad de cafeína que incluyen la mayoría de estos productos. Mientras que una taza de café suele tener entre 75 y 150 miligramos de dicha sustancia, la Unión Europea advierte de que una lata de bebida energética puede llegar a tener hasta 400 mg. Las bebidas energéticas también presentan un contenido de azúcares muy elevado: las latas suelen ser más grandes que las de refrescos azucarados en general, llegando a 500 ml, eso supone un contenido de 50-75 gramos de azúcar, concentraciones que exceden por mucho la cantidad diaria máxima que aconseja la OMS (25 gr/día). Igualmente, estas bebidas suelen llevar cantidades excesivas de Vitamina B2 (un 250% más de lo recomendado), B3 (266%) y B12 (500%), lo que puede derivar en problemas de salud graves.


Pero lo realmente preocupante es la combinación con alcohol, lo que hoy en día podemos considerar como una práctica muy extendida. Según la encuesta EDADES (2020), en España un 12,3% de la población comprendida entre los 15 y los 64 años realiza esta práctica al menos una vez al mes. Los riesgos de esta combinación son los derivados de la interacción entre los principales principios activos presentes en esta ecuación. Destaca en este sentido que los efectos estimulantes de la cafeína y el azúcar camuflan los efectos depresivos propios del alcohol, lo que puede inducir a que el consumidor menosprecie la cantidad ingerida de alcohol y beba más de lo habitual al sentirse menos borracho.


No se puede decir que sean bebidas adictivas por sí mismas, pero sí pueden generar modos de consumo que favorezcan comportamientos adictivos, asociamos estas bebidas a determinados momentos o situaciones y ponemos en marcha nuestro circuito de recompensa, esto puede favorecer otros consumos elevados, alcohol, tabaco, y otras sustancias adictivas más peligrosas.


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